26/9/18

Como peludos de regalo


Bien. Cuando mi vieja y yo nos volvimos de España, ella tenía 84 años y padecía Alzheimer. Caímos en Argentina a finales de noviembre de 2011, con mis dos bártulos y todas las rutinas que se adquieren cuando se vive mucho tiempo a fuera y se tiene el destino de poseer todas esas cosas que no pueden y nunca podrán comprarse con dinero.
Me bajé del micro para caer en los brazos de mi mejor amiga, que no entendió. Porque nadie entendió. Y después bajó mi madre, con la carga de sus ochenta y cuatro y sus dieciocho horas sin dormir, que tampoco nadie entendió (porque para entenderlo habría que tener ochenta y cuatro y cruzar las dos terceras partes del planeta en un avión, sin dormir). Les caímos como peludos de regalo. Dos peludos envueltos en celofán. Nos recibieron peor que si fuéramos extranjeras. Para ellxs, éramos las fracasadas que volvían "con una mano atrás y otra adelante", después de un millón de años en Europa (a la que todxs critican pero todxs quieren ir).

Desde Madrid alquilé de palabra una casa en un bosque cercano a cierto pueblo de la costa. El dueño era un tipo que vivía de los alquileres de verano y me advirtió que la casa era MUY fría en invierno; pero no había otra opción, así que tomé lo que me ofrecían.

Fue el año y medio más terrible de nuestras vidas. El tipo -amigo de uno que se hacía el amigo mío- nos entregó una casa con el inodoro que se tapaba (con las consecuencias imaginables de un inodoro que se tapa y que no voy a narrar por acá); agua fría, sin calefacción, garrafa exterior -yo nunca había usado garrafa, llegaba de un país donde todo es eléctrico, incluida la cocina, que acá sólo las tienen los chetos y allá las puede tener cualquiera. Mi vieja se me cayó dos veces en esa casa, y no se murió de milagro. Además de eso, el tipo, sabiendo que yo traía euros, me subía el precio del alquiler cada seis meses, amenazándome con que me fuera si no quería acceder. Esto sin contar las veces en que me psicopateó, utilizando la mala memoria de mi madre para ponerla a su favor.

Durante ese período de tiempo, nuestra familia brilló por su ausencia. Como dije, no les parecía bien que nos hubiéramos vuelto, porque mi madre perdió la casa en una venta mal hecha donde me presionó mientras yo estaba en España, para que le diera la firma (algo que no debí hacer). A España sólo llegó la mitad del dinero de la venta, el resto nunca supe dónde fue a parar. Se perdió el contenido de dos chalets completos: el que había comprado con mi ex, que supuestamente quedó a resguardo en casa de mi madre; y el de ella, que acabó regalando todo a los vecinos sin mi consentimiento. En todo lo que regaló iban también unos 200 libros míos, todos mis apuntes de la facultad, todos mis fanzines de cuando era chica, unos 50 cuadros y dibujos, y una mesa de ónix gigante que había hecho mi padre con sus propias manos y que debe valer un puñadito de dólares. Por supuesto, al regresar la reclamé pero me dijeron que "la habían donado".

¿Querés que me ría un rato?

Mientras buscaba casa para irme del infierno -o más que infierno, del freezer- en el que estábamos viviendo, el supuesto amigo me ofreció su casa en alquiler, a cambio de que fuera a dejar todos los meses el dinero de la manutención de sus hijos al juzgado, porque él no se podía ni ver con su mujer. Yo le dije que eso no -no quería quedar pegada en un asunto ajeno-, pero estuve esperando varios meses la posibilidad de alquilar esa casa, hasta que un día, tibiamente, me dijo que no, que la casa no podía alquilarse porque "iban a ponerla como bien de familia". Y ¡oh casualidad! Las pocas personas y parientes que conocía, TODAS tenían puesta su casa como bien de familia, con lo cual no me podían salir de garantía para alquilar ni una cueva. Esto sin tomar en cuenta que en Mar del Plata te suben el alquiler cuando quieren, especialmente en temporada de verano, y si te gusta bien y sino andá a cantarle a Gardel.

¿Querés que me ría más?

Después de eso, el tipo -que era amigo del que me alquilaba el freezer- venía a visitarlo y pasaba por delante de mi casa (el otro vivía atrás) sin saludarme. Armaban sus asaditos, me sacaban el cuero bien, y jamás preguntaron cómo me sentía. A estas alturas, mi madre enfermó de neumonía y yo necesitaba un nebulizador. Un amigo de estos amigos, que me conoce desde hace como 30 años y fuimos juntos a la facu, me dijo que sí tenía uno. Pero jamás me lo prestó. Obviamente, después de enviarle un mensaje donde le decía que dejara de comportarse como un pendejo -mensaje al cual nunca respondió, y es hasta el día de hoy que no sé nada de él- nuestra amistad se fue por el inodoro del freezer. Todavía debe estar atrancado ahí (él).

A estas alturas yo ya estaba enferma del cuerpo y de la mente, con una madre que después de haber estado internada 2 días en una clínica de mierda donde la destrataron, no podía caminar. No tenía vehículo y vivía a un kilómetro del bondi más cercano, sin apoyo de nadie -porque todos temían contagiarse de la neumonía, que al final resultó no ser contagiosa-, así que iba en taxi desde un bosque a Mar del Plata, y desde Mar del Plata al bosque, con una vieja que apenas caminaba, que no sabía ni cómo se llamaba, que se cagaba y se meaba encima, que se arrancaba los pañales, que no se quería bañar, que no se quería cambiar la ropa sucia, que ya no sabía leer, y a quien no podía poner en una residencia del PAMI porque después de hacer los trámites me dijeron que tenía dos años de espera, ya que era paciente psiquiátrica.

¿Querés que me siga riendo? ¿O preferís que te cuente cómo algunxs susurraban a mis espaldas por las crisis nerviosas que me daban debido al estrés?

Bueno. ¿Sabés quiénes me ayudaron, porque hasta su propia familia de sangre no quiso saber más nada con nosotras debido a que estábamos "muy demandantes"? Una iglesia evangélica de santa Clara del Mar que ni me conocía. TODA una iglesia se movilizó para que pudiéramos salir de esa casa a un lugar más decente. La mudanza se hizo mientras yo estaba con el brazo fracturado, porque encima me atropelló un coche mientras iba en bici. TODA. No tengo palabras de agradecimiento para ellos, más allá de mi posterior alejamiento por razones obvias: al final resultaron ser muy fundamentalistas.

Junté centavo por centavo, y en 3 años no me compré ni un par de medias. Malvivimos como pudimos, y entre la mitad de la casa que vendió mi vieja, el dinero que me traje de España y lo que logré ahorrar en ese tiempo, me compré el precioso dúplex que tengo ahora, parte del cual se ve en la foto de portada. Lo soporté todo como una campeona, así que no me vengan con que tengo "mal carácter" o con que "soy brava", porque SÍ QUE LO SOY, he tenido que serlo. Una no llega a conocer la fuerza que tiene hasta que la vida te pone a prueba.

Reitero: a mí, en este país, me recibieron PEOR que en cualquier otro. ¿Y sabés por qué? Porque me creyeron perdedora. Nunca te vuelvas a tu país después de muchos años, a menos que lo hagas forrada y con premios, menos que menos si el país es Argentina, que tiene un complejo exitista bien adolescente. Todas las expos que hice y la experiencia adquirida, se la pasaron por el forro y nunca les importó. Ellxs necesitaban ver la chapa y la guita. Punto. Pasa que quien es mediocre, mediocre se queda, viva donde viva, sea rico, pobre o tenga 10.000 hectáreas. Sobreviví a cosas que a más de unx llevarían al abismo. Pero yo supe saltar sin romperme las piernas. Ésta soy yo. Y me gusto.

¿Que por qué lo cuento? ¿Que por qué soy tan autorreferencial? Porque se me canta. Porque historias así no se inventan, porque merecen ser contadas, porque no se pueden contar a espaldas de nadie, ya que eso es demasiado rastrero. Y sobre todo, porque ésta no es una historia: es la verdad.

La que ríe última, ríe mejor.

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