10/5/10

Boceto para la creación de un best-seller (o no).

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Capítulo 1

El año pasado estuve en un sitio al que aquí llamaremos The Heaven. Fue hacia mediados de stiembre, en la Costa Brava. Por ese tiempo acababa de quedarme sin trabajo y lo único que me rondaba por la cabeza era una sola idea: ver el mar. Volver a verlo después de un año. Cerraba, pues, los ojos, e imaginaba un inmenso mar visto desde lo alto. Era una visión relajante.

Cuando se lo comenté a un ciberamigo residente en The Heaven, me invitó a visitar su masía, que estaba, según me dijo, muy cerca del mar. Pero fue por motivos ajenos a éste. En realidad tenía una enorme curiosidad por conocer ese vergel donde todos vivían en comunidad bajo el padrinazgo espiritual de un tal Jeff. Básicamente, me apetecía saber si se trataba de una secta o si me estaba perdiendo una especie de edén. O si era las dos cosas a la vez.
Intrigada por los e-mails casi clarividentes que llegaban a mi correo a nombre de un tal -aquí le llamaremos Tomás-, y puesto que no tenía nada mucho mejor que hacer, me cogí un tren a Barcelona. Llevaba tres meses carteándome con Tomás y me fiaba de su honestidad. Suponía, pues, que su gente no iba a darme plantón. Y aunque no me lo dieron, me tiré buen rato cortando clavos en la estación de Renfe. Cuando por fin me cogieron el teléfono, ya estaba en el tren: “¡Hola!¿Está Tomás?”. Una voz femenina al otro lado, tensa la mujer: “No… ¿quién eres?”. Así son mis aventuras en la jungla europea. De Madrid a Barcelona hay nueve horas de viaje, y de Barcelona a Areyns de Mar una hora en tren. Sólo que yo me lo había cogido en sentido contrario, e intentaba explicárselo a una mujer a la que no había visto en mi vida y que ignoraba por completo quién era yo.
Hora y media después estaba delante de una tía muy delgada y muy bronceada que me miraba con unos ojos azules llenos de suspicacia. Esta mujer, a la que llamaremos Isa, me ayudó a subir la mochila en el maletero de su 4x4 y emprendimos nuestra marcha hacia The Heaven. Conducía como disparada y parecía que no quisiera hablar. Un poco azorada, confesó no sentirse muy a gusto en zona urbana: “¿Voy muy a prisa?¿Te mareas? Porque si te mareas, reduzco”. Le dije que no me importaba la velocidad, que yo iba disfrutando del paisaje. Mientras más avanzábamos por la carretera, más nos hundíamos en la frescura de un bosque profundamente verde, y según llegábamos a un puerto de montaña me señaló una construcción de color rosa iluminada por el sol del crepúsculo: “Es allí”. Nos recibieron los perros y una chica que venía hacia nosotros con un bulto de lana en los brazos. Al verla de cerca comprobé que no se trataba de un bulto, sino de un bebé. Me lo mostró emocionada: “Hoy cumple 20 días”.  
Isa sugirió que dejara mi equipaje en “la casita”, una encantadora dependencia, muy rústica, en cuyo interior, curiosamente, tienen un diván de hierro forjado idéntico al que yo tengo en mi salón. No tardé nada en salir y buscarla en las inmediaciones de la masía, pero no conseguí dar con ella. Luego la encontré sentada en la terraza con su colega del bebé; las dos se tomaban un té helado. Me llevó dentro y me mostró las dependencias. El baño, la cocina, el salón… el ashram. Precioso ashram, un sincretismo perfecto de diseño zen con tecnología punta, incluídos los instrumentos musicales: “Éste es el cuarto de Tomás y de Adriana…”; como era natural no me abría las puertas, pero pareció como si necesitara aclarármelo: “Y ésta es la mía, pero no te la voy a mostrar” (ni falta que hace, rica, tampoco te lo he pedido). La cocina: “¿Tienes hambre?”. Pues nada, si tenía hambre podía disponer de todo lo que estaba en la nevera. The Heaven era un templo, y lo único que se me pedía era que lo tratara como tal. Podía introducir algún cambio si me apetecía y colaborar en lo que pudiera o quisiera dentro de la casa. No estaba obligada a hacer nada que yo no quisiera hacer, ni ellos esperaban nada de mí: ahí todo el mundo iba por su cuenta. “¿Dónde están los otros?”, le pregunté. Me refería a Tomás, mi supuesto hospitalero, y al mainster master teatcher gran maestre o gurú, natural de… pongamos, Seattle, al que para la ocasión llamaremos Jeff. Todos estaban en la tienda de comidas que habían abierto en el pueblo hacía poco, y no volvían hasta la noche.
Así que nos fuimos a la cocina a inflar unas palomitas: “¿Te apetece ver una película?”. La misma chica que me había dicho que no estaba obligada a hacer nada que no quisiera hacer, me arrastraba ahora hasta el salón para ver una comedia mediocre en una plana de 800.000 pulgadas. Una con Nicholas Cage y Meg Ryan; exasperante. Fue cuando empezó a llegar la gente: ¡hello! y tú quién eres… bienvenida y wellcome. Una trentañera universitaria -de ciencias, seguro- muy delgada, muy sonriente, muy susceptible; el papá del bebé -un ex pequeño empresario de calva incipiente-, la mamá del bebé -silenciosa, feliz, sumisa-; una chavala rubia de pocas palabras y una colombiana de mediana edad a la que la peña parecía adorar. Todos eran muy amables, sin embargo, todos me parecieron abrumadoramente misteriosos y aplastantemente aburridos. Pero era tarde y estaba en medio del bosque y sin coche. Tendría que pasar la noche allí por narices.
En un momento dado me dio por preguntar por Tomás: “¡Ah!¿Tomás? Pero si está abajo… ven conmigo que te lo presento”. Fue la colombiana quien me llevó de la mano por toda la casa y me presentó a Tomás, que me recibió con el abrazo de rigor. Me llamó la atención su frialdad: era como si me hubiera visto hacía dos horas: qué tal el viaje, qué tal The Heaven. Todo bien. Pues nada, a ver si mañana por la mañana nos veíamos en la sesión con Jeff en el ashram. Y eso fue todo.
Cigarrito en la terraza, a la luz de la luna. Por suerte había luna. Cogí el móvil y empecé a revisar mi agenda. Llamé a un amigo de Tarragona que sabía que no podía hacerme sitio, pero que podía escuchar mi situación. Se quedó horrorizado: también tú, tía… ¿qué haces con esos locos? No puedes quedarte ahí por más tiempo, dime dónde estás que voy a recogerte ahora mismo… Como si yo hubiera sabido dónde narices estaba… ¡como si hubiera podido guiarle hasta el centro mismo del Montseny a las once de la noche! Intenté calmar al pobre chico, que ya me veía ardiendo como en Wacco, y le dije que sólo me apetecía hablar con alguien normal. Con alguien, como menos, capaz de comprender que quisiera fumarme un cigarrito al raso y bajo las estrellas. Quedé con llamarle al día siguiente y me metí en la casa para enviar un e-mail a un compañero de estudios al que -para variar- no conocía, pero con el que ya había hablado por teléfono en alguna ocasión y me había ofrecido su hospitalidad: “Manu, ¿puedes hacerme sitio aunque sea por dos días?”.
Y me fui a dormir. La universitaria canija roncó toda la noche como un oso. 
Capítulo 2 

Me desperté sobre las ocho para asistir a la sesión de Jeff, que empezaba a las nueve. Antes, me dijeron, se reunían en el ashram para hacer unos ejercicios de yoga. Era un día precioso, pero la casa parecía estar desierta tanto por fuera como por dentro y sólo se oían el canto de los pájaros y algún ladrido. La cocina también estaba desierta: al parecer nadie desayunaba en la masía. No antes de sesión.
Me uní a Isa y a Tomás, que hacían sus ejercicios en silencio. Luego me tumbé en un cojín, cerré los ojos y así me quedé. Pero no pasó mucho rato antes de que advirtiera que los colegas me miraban perplejos: “No puedes estar ahí… ése es el sitio de Jeff”, balbuceó Tomás, casi con pudor. ¡Vaya, qué cosa más rara!¡Tumbarme justo en el sitio de Jeff!¿Sería una señal? Entre divertida y abochornada, me pasé a otro cojín. Empezó a entrar la gente y a ocupar un sitio delante del cojín vacío. Mujeres, especialmente. Ya se sabe que en estas cosas lo que abundan son las mujeres. Entonces alguien entró riendo por lo bajo: espié con un solo ojo y vi a un hombre de mediana edad, delgado y alto, descalzo, con una botella de Solán de Cabras en la mano pasando por delante de mí. Llevaba un pantalón vaquero y una camiseta azul claro. Tenía unos bonitos pies. Era Jeff. Good morning.
Me resultó sorprendente que apenas dijera Good morning, toda la peña se echara a reir. De inmediato me fijé en Consuelo, una mujer de aspecto basto y hermosos ojos verdes. Su risita era tan incomprensible como contagiosa. Como todo su cuerpo, sus manos toscas, huesudas, manos de jornalera, se agarraban a las de Jeff como si los dos colgaran de una cornisa. El alboroto crecía por momentos, mientras yo intentaba concentrarme, sin éxito, en una especie de meditación a ojo abierto-ojo cerrado. Vaya suerte de meditación. Entró Adriana, la mujer de Tomás, que me saludó con calidez y se ubicó detrás de Consuelo. Con ella entró también la compañera de Jeff -a quien llamaremos Verónica- una chavala sudamericana, atractiva, cercana a la treintena, que se tumbó junto a él con informal dignidad.
Fue cuando Jeff rompió su a medias monólogo de rumiante y empezó a hablar. O más bien, a balbucear. Aunque su mujer tradujera cada palabra de lo que decía, noté dos cosas: 1) que su discurso no tenía demasiada coherencia; 2) que no era su discurso lo que producía ese efecto en la gente, sino otra cosa. Sea como sea, cualquier cosa que dijera era celebrada con risitas, exclamaciones de arrobamiento y suspiros cercanos al goce orgásmico. Cerré los ojos para percibir mejor, o acaso, para dejar de percibir. El aire empezaba a agitarse y me ví suspendida en un campo de energía de gran densidad. Hubo un momento, inclusive, en que los abrí y creí ver sobre nuestras cabezas una suerte de vaho blanco luminoso que nos cubría como una losa. Desde la otra punta del ashram, Tomás me observaba con perspicacia. Sentada en la posición del loto, Adriana se sacudía sobre el eje de su esbelta columna como si la recorriera una corriente eléctrica desde la base de su rabadilla a la punta de la nuca. Todo su cuerpo se agitaba de manera frenética, a la vez que profería sonidos ininteligibles. El Espíritu Santo, claro. Algunos hombres reían o alzaban las manos hacia lo alto, alabando… alabando.
De a ratos Jeff se quedaba en silencio para dar espacio a la otra parte del espectáculo: el sonido. Su compañera oficiaba de Dj: Elton John, Enigma, Roxette… El ashram tiene un buen sistema de altavoces que ellos controlan desde un portátil. La estrategia de subir o bajar el volúmen tiene gran efecto sobre la peña, que según los decibeles se pone más o menos eufórica. Ese día -sospecho que como todos los días- había mucho que celebrar. El Espíritu Santo, claro. ¿O, más bien, Jeff? Hubo un momento en que preferí cerrar los dos ojos y quedarme en mi retícula sin ver nada de lo que pasaba alrededor. Quien quiera oir que oiga: suspiros de arrobamiento, susurros de alabanza, y mucho, pero que mucho trance.
La sesión acabó con toda la cuadrilla bailando a pierna suelta en medio del ashram. Fascinante.


Capítulo 3

Mi conversación con Tomás después de comer, y en la terraza, no tuvo desperdicio. Para empezar, por poco tengo que pedir audiencia para hablar con uno de los, digamos, principales acólitos de Jeff. Ya me parecía a mí que en esa casa no todo el mundo iba por su cuenta, y que se mantenía una suerte de reglamento, al parecer tácito, que como es natural se hace necesario en toda convivencia donde haya más de dos personas, convivan con el Espíritu Santo o con Mandinga. Que si habiendo dos ya se hace necesario, imaginemos lo que pueden ser diez. Muchas cosas me dijo Tomás esa tarde, aunque se me ha quedado pegada sólo una frase: La forma no importa. A Dios no le importa romperte en pedazos con tal de conseguir su objetivo.
En The Heaven conocí gente que se negaba en redondo a vivir en sociedad porque los que están fuera están locos. Y aunque en parte sea verdad, me pregunté si acaso el hecho de aislarse de la sociedad para crear una comunidad de corte edénico -y por tanto limitada y limitativa- no entrañaría el riesgo de volver a cometer los mismos errores. Tanto o más dogmática que la impugnada, The Heaven era una micro-sociedad seminal que utilizaba como paradigma Un Curso de Milagros, una propuesta nacida en los setenta cuyo objetivo sería, a grosso modo, la conquista del perdón mediante la afirmación en el amor y la negación del miedo como único enemigo del sapiens.
Sin embargo, en The Heaven no elegían la integración sino el aislamiento. Y eso no podía menos que confundirme: nada más opuesto a una filiación, y nada más parecido al miedo. Su postura era a todas luces narcisista: como no hay nada más fuera de ti, y sabemos que lo que llamamos realidad es apenas una ilusión, sólo te identificarás con aquello que te haga feliz. Con el no-sufrimiento -porque el sufrimiento no existe-; con el espíritu -porque el cuerpo es ilusorio-; con la salud y jamás con la enfermedad -porque no habiendo cuerpo, no puede haber enfermedad… y así siguiendo, hasta la negación total y absoluta de todos los paradigmas conocidos dentro de un sistema en el que, para bien o para mal, nos toca vivir.
No obstante -y siempre y cuando no se encuentren motivos para refutar la postura de los milagreros- ese paraíso no es algo imposible. Al contrario, puede ser posible en tanto y en cuanto se posea un soporte material que lo contenga, si no, se convertirá en una persecución demente de subidones, caídas y recaídas donde en vez de subir en espiral, nos quedaremos dando vuelta en círculos. Para poner en ejemplo gráfico: imagínate a un shaddu de la India haciendo meditación en Plaza de Castilla. En Benarés se le postrarán y le santificarán, en Madrid lo más probable es que le metan a la cárcel o en el manicomio (aunque lo más probable es que le deporten).
Lo mismo pasaría con los milagreros del Heaven, pensé, si tuvieran que bajar a la ciudad cada mañana para cumplir con una rutina laboral como le toca a las dos terceras partes de la humanidad... Está claro que semejante destino podrá ser tóxico, pero ¿qué le dirían ellos al interfecto, que lo soportaba porque le había tocado en karma?¿O mejor se lo achacarían a su falta de conciencia y ceguera espiritual? Ciertamente, hay rutinas que compensan y otras que no, y si bien hay mucho de verdad en el tan manido discurso de la ceguera espiritual, la espiritualidad no tiene por qué estar reñida con el pragmatismo.
¿No sería que el verdadero reto no consistía en renunciar a la sociedad, sino en vivir con ella en lucidez, en el día a día del sistema que aplasta y condiciona? Se trataría, pues, de admitir el sufrimiento tanto ajeno como propio como parte de nuestra humana percepción, conectando no sólo con aquello que nos identifica, sino también con lo que no... Caso contrario, no se hable de amor, que es un concepto demasiado grande y siempre se nos quedará pequeño en el verbo. En The Heaven se hablaba mucho de amor.
Esa tarde, y luego de mi conversación con Tomás, me fui a dar una vuelta por el campo. No había mucho para ver y hacía un calor húmedo que echaba para atrás, así que decidí regresar a la masía. Después de comer la gente se retiraba a sus habitaciones, deambulaba por las inmediaciones, se tumbaba a tomar el sol o simplemente desaparecía. No recuerdo que alguien me invitara o que yo sintiera el impulso de participar. No creo haber visto a nadie leyendo o conversando animadamente. Era soporífero. Tuve la certeza de que el momento más importante del día era la sesión con Jeff, y que el resto se utilizaba para la reflexión o para el simple y llano dolce far niente de toda la vida. Mientras pasaba por delante de la casa me crucé con la colombiana y con la universitaria canija, que me saludaron sin prestarme mucha atención: “Me apetece una siesta, ¿aquí no dormís la siesta?”, les pregunté, nada más que por decir algo. La canija se sonrió de costado, amable aunque hostil: “Aquí cada uno hace lo que quiere”, dijo en tono irónico.
Evidentemente, lo mejor era que me acostara a dormir. Ya me levantaría mas tarde para echar un vistazo a mi correo. Horas después Manu ya había respondido y aseguró haberme hecho una reserva en el albergue de Santa Elena, Cabrera de Mar, a 30 km de Barcelona. Casualmente, Manu trabajaba ese verano en la red de hostings para la juventud. Quedamos al día siguiente en el pueblo más cercano a The Heaven, que era donde la comunidad tenía el restaurante y que era, también, donde vivían algunos de sus residentes “externos”.
Esa noche transcurrió sin novedades; alguien puso una película en la plana y se comieron palomitas. Ni señales de Jeff o de su mujer, mucho menos de Tomás. Antes de comer conseguí tener una breve conversación con dos de los residentes, que me contaron su experiencia - cercana a la iluminación- en The Heaven. Alex, un británico con pinta de cofrade en el desierto de Arizona durante la temporada Burning Man, me explicó que antes de conocer el Curso su vida era un trouble. Problemas con su mujer y su hija, mmmmm… very very sad. El ex pequeño empresario con la calva incipiente se me plantó contra la encimera: “Jeff me dijo: déjalo todo y sígueme… ¡y aquí estoy!”. La gente tenía la costumbre de visitar la masía para ver quién era Jeff. Luego no regresaban, así que decidieron cerrar el sitio por algún tiempo para no contaminar lo que hasta ahora hemos logrado. Bajo su tono suspicaz, muy similar al de Isa, pude leer entre líneas: “¿Y tú qué coño haces aquí?”.
La que no entendía muy bien qué hacían ellos, era yo. O, más bien, lo que no entendía era qué hacía yo entre ellos. Su frialdad y hermetismo eran abrumadores, y cada vez que tropezaba con una de esas miradas inquisidoras era como si me estuvieran preguntando en silencio qué hacía yo allí. Por qué estaba allí. Qué había visto Tomás en mí, para que llegara a invadirles ese santo lugar. Y lo que vio Tomás en mí, supongo, fue una cierta lucidez y una cierta necesidad a la que él respondió con toda su buena intención. Sin embargo, una vez dentro comprendí que The Heaven era algo bien distinto a lo que yo andaba buscando, y aunque en todo momento lo haya honrado y respetado tal como me lo pedían, hay dinámicas que resultan inconciliables con mi manera de ser. Me aburren bastante las culturas monopolares: tendría que sintonizar únicamente con una parte de la realidad, lo cual significaría nada más y nada menos que la adscripción a un dogma. Es fácil conectar a pleno con un dogma cuando te adscribes a un sistema cerrado: afuera abundan tanto los incentivos como los tóxicos. ¿Dónde estaría, pues, el mérito? Y esto sin quitar su legitimidad a la libre elección de un sistema cerrado. Ciertos monjes elijen vivir en aislamiento, pero les sostiene una arquitectura filosófica milenaria y no son suspicaces: son austeros.
Durante la madrugada tuve que dejar la casita de huéspedes: no hay manera de que pueda dormirme habiendo alguien que ronca en la misma habitación. Así que crucé la explanada que nos separaba de la casa y me fui a dormir al salón. Antes me pasé por la cocina, cogí un buen trozo de queso y me serví un vaso de Coca-Cola, bebida que me pareció que abundaba por allí. Revisé la pequeña biblioteca que tenían y extraje un libro de un tal Chamalú. Chamalú es un chamán boliviano de origen quéchua, fundador de la comunidad hóbbica Janajpacha, en Cochabamba. Un libro relajante, templado de bonitas poesías dedicadas a su hija Waira. Tiempo después leí el testimonio de un supuesto detractor del gurú. El tío narraba como, al terminar la ceremonia con el hombre santo, la comunidad entera se quitaba toda la ropa y se ponía a bailar. Pero resultó que ¡córcholis!, justo ese día la chica que acompañaba al testimonio no se desnudó por pudor, ya que evitaban hacerlo siempre que hubiera un recién llegado. Contaba, también, como habían sido timados él y su padre al llegar a la comunidad bajo pretexto de hospedaje a cambio de colaboración: resultó que la encargada del trabajo era peor que un comandante en jefe. Sin contar conque a Chamalú apenas si lo vieron en pintura, está de más decir que para ellos la experiencia fue decepcionante.
Me quedé dormida sobre las cuatro de la mañana.


Capítulo 4

El ashram estaba desierto. ¿Por qué?
Como de costumbre, salí a dar una vuelta y me encontré con Isa: “Es que hoy empezamos más tarde”. Ah, pues muy bien. “Hola, ¿Manu? Espera que aquí no tengo cobertura”. Con razón esta gente no me cogía el móvil cuando les llamé desde Santz... Le expliqué a Manu que antes de que pasara a recogerme por el pueblo prefería asistir a la sesión. No tenía, además, mucha alternativa: nadie bajaba de la masía a esa hora; más bien empezaban a subir. Era sesión dominguera y los residentes que vivían en el pueblo asistían todos. No habría quien pudiera bajarme hasta el mundanal ruido, tendría que quedarme.
Sobre la nueve y cuarto regresé al ashram, que seguía desierto. ¿Dónde se habría metido todo el mundo? Cogí uno de los ejemplares del Curso e intenté leer, pero no podía concentrarme. Todavía tenía que hacer la maleta y despedirme de toda la peña. Odio despedirme por compromiso: es un momento tenso. Sobre las nueve y media empecé a preocuparme. Exploré la masía, pero no vi a nadie. No se me ocurrió mirar en el salón. Entonces regresé al ashram, puse el libro en su lugar y algo me atrajo hacia el piano. Tengo una debilidad por los pianos: aunque no sé tocar, si veo uno no puedo resistirme a la tentación de abrirlo y darle a las teclas. Y fue justo en el momento en que hice sonar la primera tecla, cuando vi a mi izquierda una puerta vidriera. Una puerta vidriera que daba al salón. Un hombre me observaba con gravedad desde el tresillo donde otras tres personas estaban absortas en otra cosa. Cerré el piano y fui diréctamente hacia el salón: “¡Ah, estaban aquí! Yo los…”
¡¡Shhhhhhhhhhhhhh!!... la peña a pleno delante de la pantalla. Sólo a mí se me podía ocurrir abrir la boca mientras hablaba el master teatcher, recientemente desencarnado en la Tierra y reencarnado en uno de sus vídeos. Me hicieron sitio en el tresillo y allí me quedé como una niña buena. La mujer de Jeff estaba sentada encima de un armario con las piernas recogidas, y parecía ser la más afectada por el teatcher. O por lo menos, la más evidentemente afectada. Mientras los otros celebraban el vídeo con risitas, suspiros de arrobo y algún que otro comentario en inglés por parte de Jeff -lo que fuera que dijese debía ser desternillante, porque había quienes se reían a carcajadas-, Verónica cortaba el aire con unos resuellos de lo más extraños, discordantes, de animal salvaje, que desembocaban en carcajadas. Fue así que supe que no iba a vomitarnos sobre la cabeza o que no habría que llamar al SAMUR.
Terminado el vídeo del teatcher dio inicio la sesión de Jeff en el ashram. Yo me ubiqué al fondo, por si las moscas, cerca de la madre del bebé, que me saludó al llegar con un vago deje de tristeza: ¿qué le pasaba a esa mujer? Aunque Jeff se demoró algo más que la mañana anterior, no hubo cambios en la dinámica de la sesión: frases al azar pronunciadas en un tono muy suave, por momentos en crescendo, y hubo alguien que leyó un estracto del Curso de Milagros en inglés y en castellano. Luego, el hombre que me miraba desde el tresillo se levantó de entre la gente y fue diréctamente hacia el piano. Música envolvente, abstracta, hipnótica. La madre del bebé también se levantó, pero era para marcharse: hubo un momento en que pensé, inclusive, que se aburría. El gesto de su cara, oculto por la sombra que le hacían los iluminados, era de resignación o de agobio. Quizá estuviera cansada. Quizá hubiera pasado la noche en vela intentando dormir a su bebé. Quizá, simplemente, no quisiera estar allí.
La que sin duda alguna no hubiera querido estar en ninguna otra parte era Adriana. Sentada justo delante de mí, lo que empezó siendo un ligero estremecimiento acabaría convirtiéndose en sacudidas de todo su cuerpo con los brazos vueltos hacia lo alto. Un puro estado modificado de conciencia en el cual se hacía receptiva a todo, y a nada. Verla resultaba tan perturbador como fascinante. No sé cuánto tiempo le habrá durado el trance, de lo que estoy segura es de estar en sus huesos yo me habría quedado descalabrada. Hasta Jeff estaba fascinado. Hablaba y hablaba, celebrando nuestras presencias con palabras de gratitud. La tensión subía por momentos, y empecé a creer que el yanqui mi adivinaba el pensamiento. Las preguntas brotaban de mi cabeza, y aunque no llegaran a salir por mi boca, él parecía responderlas con las frases que soltaba al azar. Hubo un momento en que abrí los ojos como platos y me quedé de una pieza: ¡¡ese tío acababa de responderme una pregunta sin que yo la hubiera formulado en voz alta!! Después de eso lo único que quería era marcharme.
Doce de la mañana, hora de llamar a Manu. Quedamos a las tres en el pueblo; el asunto era encontrar a alguien que estuviera dispuesto a bajarme. Después de la sesión venían las celebraciones, la comida, las despedidas. Tuve un ligero encontronazo con la universitaria, que me preguntó por qué había abandonado la casita la noche anterior: “Cielo, lo siento, pero es que roncas…”. Jamás debí decírselo: se lo tomó a mal, la verdad. La pobre casi se echa a llorar: ¿qué clase de pérfida ave de rapiña era yo que se me ocurría juzgarla por su ronquido? Y ahí nomás va y me suelta su particular aplicación del Curso de Milagros al asunto de los estertores nocturnos. Algo a lo que yo, de forma práctica, suelo poner fin cambiando de habitación. Algo que yo, en su lugar, hubiera comprendido al instante: ¿por qué he de dormir mientras el otro se revuelve en su cama sin pegar el ojo? No hay Curso de Milagros ni filosofía que pueda responder a semejante dilema doméstico. La única respuesta es el pragma. Pero no había manera de hacérselo entender, y me persiguió desde la casita hasta la cocina -unos cincuenta metros- intentando convencerme de que, siendo ella un mero reflejo mío, no podía yo juzgarla de esa manera. Mientras alguien me pasaba un café bien cargado, le dio por soltar a los cuatro vientos mi desliz: “¿Sabeis lo que dice Roxana?¡Que yo ronco!”. Oh oh. Y todo el mundo: “¿Tú roncar, hija mía?¡Pero si tú no has roncado en tu vida!”.
La experiencia me indica que cuando llegas a este punto tienes que largarte. Creedme que intentaba hacerlo. Lo intentaba realmente, entre sorbo y sorbo del café más amargo que he tomado en mi vida (nunca sabré dónde ponían el azúcar, y con el asunto de los ronquidos no había nadie que se dignara responderme), pero la canija me tenía pillada y ni modo. Conseguí despedirme de algunos volcándome el café en la blusa. Con la canija pegada a mis talones mientras salía por la puerta; con saña, ella: “Hay gente que ha leído el Curso pero no lo lleva a la práctica”.
Vale, cielo, vale. Que Dios -o lo que sea- me libre de llevarlo como lo llevas tú.


Capítulo 5

De todos los que estábamos en The Heaven, sólo una persona conseguiría hacer patente un milagro.
Aunque esa mañana éramos muchos, no había nadie dispuesto a hacer el milagro de bajarme hasta el pueblo. Me dijeron que el tío del tresillo, the piano man, tenía prisa por bajar, así que fui directo hacia él. Un francés algo malhumorado que no entendía ni jota de castellano. Allí eso de hablar en lenguas no era ni siquiera cosa de Jeff: “¿Bajas al pueblo?”. Grandes aspavientos. Please, wait me, wait me… Confusión con jeringonza en tres idiomas chapurreados mal, y de mala manera. Después de una sesión a nadie le apetece hacer planes.
Estaba sacando la maleta cuando me percaté de que todavía no me había despedido de Tomás. Mientras salía de la cocina para ir en su busca, alguien se me puso en el camino. Era Adriana. No me dejó avanzar: simplemente me abrió los brazos y caí entre ellos. Fue un largo e intenso abrazo en el cual nuestras pelvis se alinearon con firmeza, aunque parecía que esa firmeza brotara diréctamente desde el centro de ella misma, y hacia mí. Perpleja, intenté deshacer el abrazo, pero ella no me lo permitió. Algo estaba sucediendo. Me cogió la cara entre sus manos: “Eres una guerrera valiente, y tienes una fuerza…”.
Las palabras se disolvieron, todo quedó disuelto en un instante eterno en el que la forma y el pensamiento también se disolvieron, para dar lugar únicamente a una certeza: Tú eres yo. No hay nada más. Cuando nos separamos supe que había perdido cientos de años. Me sentía expandida, viva. La losa que pesaba sobre mi corazón había, por supuesto, desaparecido. Ya no había miedo, ni vergüenza. Aunque seguía con la idea de marcharme, comprobé que no lo hacía con las manos vacías. Entendí, además, a qué se refería la peña cuando hablaban de niveles de comprensión. Así como Tomás le daba al Curso un enfoque más bien intelectual, el de Adriana era tan emocional como efectivo: “Mi único propósito es servir”, me había dicho momentos antes, después de la sesión, cuando le pregunté de dónde sacaba toda esa vitalidad.
¿Servir? La palabra fue como un impacto. La recibí con un rechazo casi físico, el que suele dársele cuando se la piensa en su versión política. Servir, como estigma de clase, puede ser motivo de escarnio y tarde o temprano moverá a revancha -todas las sociedades de la Tierra conocen los resultados de la servidumbre humana de la que tan acertadamente escribió S. Maugham-, sin embargo, el siervo de toda la vida no es tonto: algo espera del amo. Espera, también, algún tipo de servicio, aunque sea mínimo, pero espera. En cambio, ¿servir por servir?¿De qué hablaba esa mujer?¿Hablaba, acaso, de una ofrenda? En su libro Tawantisuyo 5.0, el curandero peruano Alonso del Río hace una muy jugosa, y si se quiere, polémica acotación sobre el asunto. Él afirma que en un nivel evolutivo -hablamos, por supuesto, de una evolución espiritual- el siervo siempre estará por encima del amo, ya que no es aquel quien depende de éste… sino al revés. Aunque socialmente el enfoque sea bien distinto, pareciera que en el plano terrenal todos los enfoques estuvieran invertidos. Lo cual estaría justificando la existencia de sitios como The Heaven. Energía no intoxicada. Hay quienes hablan de adaptación, pero ¿no será que en realidad, más que adaptarnos, nos sobre-adaptamos (por conveniencia, inclusive)?¿Será ése el precio que tenemos que pagar por vivir en la tercera dimensión terrestre, ajenos a nuestra verdadera naturaleza?
O será, más bien, que habiendo alcanzado un cierto nivel de conciencia tendremos que adaptarnos a esas tres dimensiones sin perder el norte, aceptándolas y aceptándonos, sin tanto predicado y sí con un verdadero amor en acción sin predicativos. Es lo que intentaba decirle a Tomás mientras me despedía, pero él me lo impidió: “Bueno… espero que te lo hayas pasado bien, Roxana”. El chico no conseguía bajar la guardia, no hubo manera de que pudiéramos conectar durante el breve tiempo en que estuve allí. Entonces le dí la vuelta al discurso y le solté que durante la sesión había sentido que tenía que marcharme. “Sí sí, y si no yo mismo te lo hubiera pedido”, me dijo él vivazmente. Añadió que durante la sesión había estado enviándome “mensajes” (telepáticos, claro) y se alegró de que “me hubieran llegado”. No le dije que en realidad me marchaba porque ya lo tenía previsto. Tampoco le dije que me marchaba porque ya había visto lo que tenía que ver, y que no era él quién me lo había mostrado sin una sola palabra, sino su mujer.
Dos horas después estaba comiendo en casa de Anna, una de las residentes externas. Yo andaba entusiasmada y quería contárselo todo, pero Anna me interrumpió: “Si no te importa, es mejor que no hablemos mucho. Eso facilita la integración de la experiencia”, señaló con solemnidad. Tras la inyección de energía de Adriana, de repente Jeff se me antojaba maravilloso. Es que era estupendo. Un maestro. ¡Qué poder! La sesión había sido increíble… ¡si no podía ni explicármelo! “Y además, es que te adivina los pensamientos”, intervino Anna. Me quedé de una pieza. Vaya, o sea que no se trataba de una impresión mía. Ese hombre realmente te adivinaba el pensamiento… Comimos bajo la sombra de un parral, en el patio, y casi en completo silencio. Luego, mientras me fumaba un cigarrito sentada en el vano de la puerta que daba a la calle, mi mente se agudizó hasta el punto de una máxima euforia. Me sentía llena del Espíritu Santo, segura de haber encontrado la Única Verdad Posible. Más que nunca, comprendía los versos escritos por el monje enajenado de Ávila: Y si lo queréis oír/ consiste esta suma ciencia/ en un subido sentir/ de la divinal esencia/ es obra de su clemencia/ hacer quedar no entendiendo/ toda ciencia trascendiendo. ¡Todo estaba tan claro! ¿Por qué no me había dado cuenta antes? El efecto Jeff-Adriana era de acción prolongada: algo similar a un subidón de maría mexicana de altísima calidad.
Cerca de las tres me despedí de Anna, cogí mi mochila y fui a encontrarme con Manu. Habíamos quedado en la puerta del restaurante The Heaven, en el centro del pueblo. Manu y yo conectamos inmediatamente. Mientras nos tomábamos un café me explicó que me había hecho una reserva en la torre Ametller: la única pega que tenía era que estaba en la montaña, en un sitio aislado, y las comunicaciones para bajar a la playa estaban mal. A mí no me importó: pensaba quedarme otra semana, tenía un cuaderno a mano para escribir, y si había que andar no me faltaban piernas para hacerlo, ¿cuál era el problema? Cuando vi lo que era el hostal -una construcción novecentista estupendamente conservada- y el enclave, supe más que nunca que no podía haber problemas. Todos los gastos estaban pagos, y Manu no quiso aceptarme ni un céntimo. Además, me regaló una vieja edición de las Conversaciones con Ramana Majashi, libro que disfruté como una enana. Me dejó las llaves: “Estarás sola toda la semana en una habitación para cuatro personas. Ahora, descansa… yo me pasaré por la noche”. Manu trabajaba en el hostal, así que no teníamos pérdida.
Me tocó una habitación con terraza en la parte vieja del edificio. Un cuarto limpísimo de baldosas estampadas y un gran ventanal en arco de medio punto que me trajo el recuerdo de la primera escuela donde hice la primaria. Fue una reminiscencia instantánea que llegó con los últimos rayos de sol. Abrí las persianas, y lo primero que vi fue el mar. Un inmenso mar desde lo alto.

FIN

12 comentarios:

Raticulina dijo...

Si llegas a escribirlo, y aunque sea best-seller, lo compro, en serio. Me han enganchado totalmente estos 5 primeros capítulos.
Me alegro de leerte otra vez.

Un saludo

CHINCHU-LYN dijo...

Te faltó un epílogo. Yo quiero saber qué pasó después, si seguiste en contacto con los heavens o te olvidaste y te fuiste a otro heaven, yo qué sé... en cualquier caso, ya me hubiera gustado estar en tu lugar cuando la pila eléctrica Adriana te abrazó. No es ninguna broma esta historieta.

tula dijo...

Pues me puse a leer y cuando me di cuenta estaba en frikilandia, es un relato fantástico, te atrapa...no lo dudes..continua.
un beso.

R.A.B dijo...

¿Que no habeis notado que es una broma? Lo continuaría sólo si Mondadori, Planeta o Visor me pagaran un adelanto de unos... 30.000€ XD, cosa que no pasará. Eso, por una parte. Por la otra, decir que estoy dispuesta a ofrecerme para escribir un bestseller en 4 meses por esa cantidad al primer Nombre que no tenga tiempo. El argumento te lo sacas de la manga, y es facilísimo de escribir. Que la verdadera literatura es ya otra cosa.
De todas maneras, muy agradecida por vuestros ánimos, amigos, que me servirán para considerar la posibilidad de pasarme a los bessellers.
Y me dejo de chulerías, de momento, que ya es tarde. Arrevoir!!

R.A.B dijo...

Y Chinchu, yo te digo que sí, que es broma... (pero lo del boceto es verdad).

Conciencia Personal dijo...

Con fina atención te leí y a medida que avanzaba decía- a qué hora sales de allí- qué pasa con Tomás, tres meses enviándose correos quizá no fue suficiente para conocerse y confiar, es ficción o realidad? porque pasan tantas cosas en la red. Sin embargo, el cuento promete, el ritmo es bueno.

Abrazos, Monique.

CHINCHU-LYN dijo...

Me refería a que no es ninguna broma lo que contás y conociendo tu afición a los frikis y el coraje que tenés para mezclarte entre ellos, yo a esta historia me la creo. En Catalunya hay montones de grupos así, y aunque para vos no sean peligrosos hay gente que se entrega a estas movidas con los ojos cerrados, lo cual es un peligro a mi entender. A eso me refería cuando dije que esta historieta no es ninguna broma.
Boba.
:P
Te queremos RAB.

R.A.B dijo...

Hola Monique, bienvenida. Ahora que me lo dices, sabes que en realidad fueron 6 meses venga e-mails de aquí para allá... igual creo que ellos esperaban algo más de "apertura" por mi parte, quizá una mayor entrega o algo por el estilo. Pero toparon con el lado intelectual de la barrera mental...
Chinchu, ya entendí lo que querías decir con la historieta. The Heaven me dejó un buen recuerdo y una buena enseñanza, y no creo que sean los amigos de Manson precisamente, sino gente que ha decidido vivir a su modo. Lo cual siempre es respetable. Aunque no sea para mí.
Besitos a los dos.

Anónimo dijo...

Bueno, confieso que a mí estas historias new age más que interesarme me divierten. Si es por eso tienes asegurado el éxito del hipotético bestseller. Se reconoce, de todas maneras, tu intención de que sea leído entre líneas y la ironía que hay detrás. Sólo un poquito, porque buena parte del texto se afirma en el reconocimiento de una cierta grandeza en cierta experiencia que te ha marcado. De todas formas tengo una pregunta: era necesario que te hundieras "en la jungla" para conseguirla? Espero respuesta, si no es por aquí por email.
Salud con mèrde
Samuel

R.A.B dijo...

No, no era necesario, Samuel, pero tocó lo que tocó, y tuvo que ser en la jungla. También las he tenido en plena ciudad... si te contara. El reconocimiento de esa -que tú llamas cierta- grandeza sigue intacta, lo que sigue sin responder es la duda de que estos sistemas sirvan para algo más que para reafirmar un narcisismo que sólo beneficia a sus fieles. Esto es: sólo sintonizo con quien es igual a mí, todo lo demás no existe.
Claro, que de leerme ellos se descojonarían (igual por lo que he visto se descojonan de todo, lo cual no deja de resultar pedante). Están en su derecho. Como yo lo estoy de cuestionarles.

:+

Aquí me quedaré... dijo...

Gracias por avisarme de tu nueva presencia.
Disfrutaba cuando eras Fata.

Un beso

R.A.B dijo...

Bueno, espero que me disfrutes también ahora que soy RAB además de Fata. Gracias por pasarte.