10/8/10

Palabra de inmigrante

Según el Diccionario de la RAE:
emigrar: dejar una persona su propio país con ánimo de establecerse en otro extranjero.
inmigrar: llegar a un país para establecerse en él.

Siempre he notado que al hablar de inmigración, en España hay una tendencia muy fuerte al uso del prefijo e. La distinción no es gratuita, por la carga semántica que posee. Llegar implica un compromiso de inclusión, una aceptación tanto del que llega como del que recibe. Dejar, en cambio, es meramente descriptivo, ajeniza, y sólo compromete al que se va. En este sentido, si algo tienen en común tanto el que llega como el que recibe, es paradógicamente la ajenización, algo pernicioso para ambas partes.

Según el art.13 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos:

1- Toda persona tiene derecho a circular libremente y a elegir su residencia en el territorio de un Estado.
2- Toda persona tiene derecho a salir de cualquier país, incluso el propio, y a regresar a su país.

No obstante, y al respecto de este artículo, José Vidal-Beneyto en la excelente web Planeta Consciencia, señala lo siguiente:

No se ha logrado que exista el derecho total de migrar, pues, aunque el artículo 13 de la Declaración Universal de Derechos Humanos reconozca el derecho de emigrar, ha sido imposible introducir en ningún marco legislativo el derecho complementario de inmigrar.

Cuando hablamos habría que estar bien conscientes de lo que decimos. Las palabras no son como los adornos que se compran en los centros comerciales: están vivas, su energía se desplaza de hablante a hablante, tienen poder sobre el pensamiento que las crea. Conviene prestar atención a ellas, y no sólo por su carga semántica, sino por el contexto que señalan y determinan. Básicamente, para que medios y gobiernos no nos manipulen con ellas y salgamos perdiendo todos. Una sociedad que no ha podido aceptar su propia emigración, tendrá serios problemas a la hora de aceptar la de otros, y esto se reflejará en los sutiles detalles de su discurso. Que por ende, redundará en la redacción de leyes (y no me refiero aquí a la Declaración Universal, que es la que menos se respeta de todas).

El hombre que veis en la foto se llamaba Érico, y era mi padre. Nació en Treviso, Italia, en 1915. Hoy tendría 95 años. Arribó al puerto de Buenos Aires el 9 de junio de 1948 -un día después de su cumpleaños- a bordo de un carguero procedente del puerto de Génova. Iba solo, huyendo de las consecuencias de una guerra terrible de la que también huían españoles, polacos, rusos, yugoslavos, judíos,  checos, húngaros... A pocos años de llegar a Mar del Plata  fundó el coro Regina Chielli de música sacra, donde conoció a mi madre. Se compró un terreno y construyó una casa confortable. Formó una familia y tuvo una pequeña empresa, unos ahorros, una jubilación, un seguro de vida y muchos amigos de distintas nacionalidades que todavía le recuerdan. Nunca se nacionalizó, pero fue un inmigrante feliz.

Vaya una mención para él y para todos los inmigrantes que no dejan, sino que elijen la inmigración, la mar de las veces con objetivos bien distintos a los que señalan el diccionario o la wikipedia. Vaya, también, para  los autóctonos con buena memoria que, abriendo puertas, acogen e integran, trabajan, dan oportunidades, brindan su amistad y hacen que la experiencia migrante se vuelva una aventura enriquecedora en cuyo germen reside el origen de todas las naciones conocidas. Son tantos y tan complejos los motivos por los cuales alguien puede decidir marcharse o nunca regresar, que las estadísticas resultarán siempre banales y cosificatorias.

Creo que se hace necesaria más literatura al respecto, y escrita por migrantes. Ellos, mejor que nadie, pueden dar legítimo testimonio de la experiencia migratoria. Se hace necesaria una literatura migrante -un arte migrante- que resquebraje desde el buen hacer los tópicos de una derecha europea en alza, empeñada en negarle toda representatividad, tanto en lo legal como en lo cultural. Se hace necesaria una representatividad migrante en todos los ámbitos, y un saneamiento de la memoria migrante en las nuevas generaciones.

No es justo ni exacto que la condición de inmigrante se identifique con delincuencia, pobreza, marginalidad y analfabetismo. Tampoco lo es que un extranjero bien cualificado y de éxito en el país de acogida no se considere representativo de ese colectivo. Sabemos que esta distinción responde a motivos políticos y económicos, cuando lo que hay de fondo es un egoismo rastrero que se escuda en una legislación engañosa.

Yo quiero inmigrantes respetados y por tanto respetables, activos, representativos, creativos, felices. No quiero inmigrantes "adaptados", sino inmigrantes aceptados. Quiero inmigrantes amparados por leyes justas basadas en unos principios morales -no de moralina- sino en un sentido etimológico: es decir, en unas leyes que le dén morada, y que si no se la dan, que se tenga la suficiente valentía y la transparencia como para detener realmente el flujo, cooperando donde haya que cooperar.

Utilizar el pretexto de la crisis (con ropa de Versache) para reducir las ayudas en los países en vías de desarrollo, a la vez que se "endurecen las medidas" dentro del continente, no es sólo una emboscada muy sucia, es poco menos que una eugenesia. La mayor que se ha cometido hasta el presente.

Pese a todo, resulta esperanzador comprobar que, al menos en España, la xenofobia es directamente proporcional a la defensa de derechos, y que ésta va en aumento. El inmigrante empieza a oirse: yo quiero que se oiga más. Ya hay gente en España trabajando por una integración cultural de costas. Por tanto, que se oiga más es sólo cuestión de tiempo. Las artes -que no conocen de fronteras- se manifiestan en el prisma multicolor que va desde el Retiro de Madrid hasta la playa más aislada de Formentera, o un teatrillo en Granada. Esto es maravilloso. El artista desbarata los constructos siempre transitorios de la ambición humana -que esclaviza y aliena- y vemos que en tan sólo dos segundos es capaz de convertirlos en un castillo de naipes, haciendo que esa e se transforme en in.

Palabra de inmigrante.

8 comentarios:

Mercedes Thepinkant dijo...

Bienvenida.

Anónimo dijo...

Asi sea.

rsa

Jordi Gascon dijo...

De acuerdo

Palabra de otro inmigrante.

Jordi Gascon

Anónimo dijo...

Pues si esperas que aquí seamos como erais vosotros en las Américas... la verdad es que lo llevais mal, debe ser duro ver lo que hay. A veces da corte oir como la peña despotrica contra la inmigración a bocajarro, cuando la mayoría tiene familia que viajó a Alemania en los 60 o, qué digo, se marchó a América para nunca más volver. Conozco un caso de un tipejo cuyo hermano está en litigio con uno de Argentina por la herencia de una finca: negación total. Que no se la dan dice él, porque en su momento "se fue como un cobarde". Cosas así. Que te rechazan por un lado, te juzgan por el otro... Por eso creo que ser inmigrante debe ser duro, y jamás se me pasaría por la cabeza in-migrar, no tengo ese coraje.
S&M
Samuel

RAB dijo...

Mercedes, Jordi, RSA, Samuel: todos somos inmigrantes en este mundo... y dar la bienvenida a otro es dársela a nuestro linaje.

Vita dijo...

Hola, recorde mi origen. Gracias

hiniare dijo...

Soy hija de la emigración, nací en un lugar en el que no tengo raíces, y eso me ha vacunado contra los nacionalismos y otros ismos excluyentes. Me fastidia el empeño de algunos porque me defina, qué obsesión con las etiquetas. La identidad no se da con el certificado de nacimiento, hay muchos otros ingredientes. El día que nos libremos de las etiquetas, los certificados y toda la burocracia, podremos ser simplemente personas.
h.

RAB dijo...

Además de ser hija de la inmi, también llevo sangre tehuelche, y allá es tan normal ser inmigrante o mestizo que nadie se sorprende. Yo tampoco entiendo los nacionalismos, suenan a rabieta adolescente a gran escala. Y si te pones a pensar, no hay un solo pueblo en este mundo que no haya recibido la influencia de otros. Los llamados nacionalismos son un asunto político, y como tal, poco o nada tienen que ver con la identidad. Luego, si la apología de esa identidad ha de traer por consecuencia el separatismo... como decía más arriba, es la ilusión del adolescente que pretende emanciparse. El reconocimiento civil de la identidad debería ser una cosa muy distinta a eso. Empezar por respetar la diferencia: y eso, más que identidad, es integridad.